LOS ARCHIPIÉLAGOS DE LA FALSIFICACIÓN, EL ANARQUISMO ESPECTÁCULO Y MAYO DEL 68
“Si esto se mira con intención buena,
en las Cortes de Soria nuestros reyes
con mantillas de grana distinguieron
a las putas, y así las permitieron.”
Nicolás Fernández de Moratín, Arte de las Putas
¡ABAJO LA ANARQUÍA ESPECTACULAR MERCANTILIZADA! Tal era el lema de unos carteles y hojas que protestaban por el negocio editorial montado a costa del anarquismo tras el interés hacia el tema despertado por la revuelta de mayo de 1968. Aunque con un aceptable arsenal de armas críticas y tácticas subversivas, transcurrido el momento revolucionario, la emancipación de los trabajadores seguía trabada por las organizaciones burocráticas que operaban en su nombre, bien a las órdenes de un Estado totalitario como la Unión Soviética, bien al servicio de la burguesía gestora en los países de capitalismo avanzado. La sociedad del espectáculo defendía su dominio mediante la falsificación general de todos los aspectos de la vida, precisamente aquello contra lo cual se habían alzado los insurrectos de mayo. En lo que concierne a las burocracias parasitarias, incluidas las libertarias, su labor consistía en la falsificación de las teorías y la historia de las crisis revolucionarias. Las aguas de mayo habían concedido a la vieja acracia las apariencias de una segunda juventud e incluso habían propiciado la aparición de un anarquismo a la carta, que ofrecía todas las variantes posibles entre el narcisismo individualista, la estética contracultural y el izquierdismo específico. En tanto que conformismo de nuevo cuño, ese anarquismo inutilizado formaba parte del espectáculo, o dicho de otra manera, “estaba de moda”. Y por consiguiente, tal anarquía no era otra cosa que ideología de consumo, ideas desvalorizadas al servicio de la mercantilización.





